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Como secuestraron en Río de Janeiro a dos militantes montoneros

17 Jun

El coronel brasileño asesinado era un especialista en secuestrar montoneros

Tras confesar sus crímenes, fue asesinado en un presunto asalto. El militar fue una pieza clave del Plán Cóndor.  Sus dichos  pusieron al descubierto detalles desconocidos sobre la alianza de las dictaduras latinoamericanas

Hacía tres décadas que vivía en una chacra de Nova Iguaçu, una localidad de la Baixada Fluminense, en el estado de Río de Janeiro. A los 76 años, aún destilaba cierta peligrosidad; tanto es así que entre los pobladores hizo correr la versión de que un grupo armado en las sombras velaba por él y su familia. Aquella protección fantasmagórica no impidió que el 25 de abril su cadáver apareciera en el piso del dormitorio, boca abajo y con el rostro pegado a una almohada. De ese modo culminó la irrupción en su casa de tres encapuchados para robar –según la policía carioca– armas de colección. Sin embargo –según su esposa, quien permaneció amarrada en otro cuarto–, los intrusos también se llevaron las computadoras del difunto y documentación, mientras recibían el siguiente mensaje por handy: “¿No lo han matado todavía? ¡Esto se demora demasiado! ¡La orden es matarlo!”

   Se trataba del coronel retirado del Ejército de Brasil, Paulo Malhaes, quien exactamente un mes antes se había convertido en el primer represor de aquel país que admitía su participación en secuestros, torturas y ejecuciones durante la dictadura que gobernó entre 1964 y 1985. Su testimonio ante la Comisión Nacional de la Verdad –volcado en una desgrabación de 232 páginas– abarca desde las tareas cumplidas en la Casa de la Muerte, un centro de exterminio en Petrópolis, a 60 kilómetros de Río de Janeiro, hasta las técnicas que ideó para impedir la identificación de sus víctimas mediante mutilaciones post mortem. Tampoco ocultó su papel en el Plan Cóndor –junto con elementos argentinos del Batallón 601– y las operaciones contra militantes montoneros, durante la llamada Contraofensiva.
   En este punto, no está de más cruzar su relato con otra historia.
EL VENTILADOR PRENDIDO. A fines de 1991, el teniente coronel argentino Eduardo Francisco Stigliano –fallecido poco después– elevó ante la Dirección de Personal del Estado Mayor General del Ejército (EMGE) un reclamo administrativo por traumas mentales y enfermedades “de guerra”, cuyo expediente –al que Tiempo Argentino tuvo acceso, tal como consta en su edición del 9 de junio de 2013– fue incorporado por la jueza federal de San Martín, Alicia Vence, a la Causa Nº 4012, sobre los crímenes cometidos en jurisdicción del Comando de Institutos Militares, de Campo de Mayo. Esos papeles ya amarillentos –cuya desclasificación y análisis corrieron por cuenta de equipos del Archivo Nacional de la Memoria  y la Dirección de Derechos Humanos del Ministerio de Defensa– constituyen  un documento de enorme valor histórico y judicial.
   Stigliano se autoincrimina allí en 53 asesinatos. Confiesa su participación en secuestros y ejecuciones callejeras de jefes montoneros (como los integrantes de la Conducción Nacional, Horacio Mendizábal y Armando Croatto). Revela la existencia  de un grupo de tareas hasta entonces desconocido que actuaba en Campo de Mayo. Describe fusilamientos ante todos los jerarcas  militares del área. Admite –incluso antes que Adolfo Silingo– los vuelos de la muerte. Y, además, narra una visita del teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri al centro de exterminio El Campito.
   Al respecto, dijo: “Su propósito era dialogar con el delincuente subversivo ‘Petrus’ (luego ejecutado), que fuera capturado por una sección a mis órdenes.”
   Aquellas 20 palabras le bastaron para echar luz sobre los últimos instantes vividos por Horacio Domingo Campiglia, nada menos que el responsable de la inteligencia montonera, quien fue secuestrado el 12 de marzo de 1980 en el aeropuerto de Río de Janeiro junto con Mónica Susana Pinus, tras ser bajados a los golpes por una patota de argentinos, con la colaboración y cobertura de efectivos del Ejército local. Ahora se sabe que Stigliano era quien allí llevaba la voz cantante, junto a un jefe militar brasileño.
   A casi 23 años de aquella confesión administrativa, el malogrado coronel Malhaes reveló en su testimonio ante la Comisión Nacional de la Verdad que dicho oficial no era otro que él.
   En tal sentido, sus exactas palabras fueron: “Intervine junto al mayor Enio Pimentel da Silveira en el secuestro de militantes extranjeros; entre ellos, dos argentinos capturados en Río de Janeiro el 12 de marzo de 1980.
ÉCHALE LA CULPA A RÍO.
Campiglia, de 31 años en el momento de su secuestro, era hijo de un librero con local en la Galería Pacífico. Allí lo solía ayudar durante su adolescencia, mientras cursaba el secundario en el Nacional Buenos Aires. Luego comenzó a estudiar Medicina. En 1970, ese muchacho alto, pelirrojo y con pecas ingresó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), donde descolló como cuadro militar. Cuatro años después, ya en Montoneros, fue puesto al frente de una Unidad de Combate en La Matanza. A fines de 1975 fue a Tucumán para organizar una Columna de Monte, aunque ese proyecto nunca vio la luz. Dos años después –ya durante la dictadura– se hizo cargo del aparato militar de la “orga”, para luego pasar a ser miembro de la Conducción Nacional, con jinetas de oficial superior y cargo de segundo comandante. Por esa época, sufrió un intento de secuestro en la ciudad brasileña de San Pablo. Estaba casado con Pilar Calveiro, con quien tenía dos hijas. Pilar, que estuvo secuestrada por más de un año en la ESMA, había sido liberada y estaba en México con su esposo y las niñas. En 1980, durante la Contraofensiva, fue enviado a la Argentina en su condición de jefe de las Tropas Especiales de Infantería (TEI). En esas circunstancias, abordó un vuelo en el Distrito Federal con escala en Panamá y Río de Janeiro. En ese contexto, llegó al Aeropuerto Internacional de Galeão con Mónica Susana Pinus de Binstock, de 27 años, una ex estudiante de Sociología que había pertenecido a la Columna Oeste de Montoneros, antes de exiliarse en Cuba con su esposo, Edgardo Binstock.
   Horacio y ella ignoraban que en Río de Janeiro –donde pensaban reunirse con otro militante– caerían en una celada meticulosamente preparada en el marco del Plan Cóndor.
EL AMIGO AMERICANO.
Ahora se saben detalles del asunto, por un documento desclasificado que la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires envió el 7 de abril de 1980 al Pentágono. En ese paper, el oficial de seguridad James Blaystone da cuenta de un cónclave mantenido con un miembro del Batallón 601. Ahora también se sabe que este era el agente civil “Contreras” –nombre de cobertura usado por el represor Julio Cirino–, quien oficiaba de enlace entre Inteligencia del Ejército y la CIA.
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   Dicho documento señala: “La fuente (Cirino) informó que el B.601 había capturado a un montonero que confesó tener previsto en Río una reunión con montoneros de México. Estos eran Horacio Campiglia (a) Pedro (número 4 o 5 en la estructura montonera) y Susana Binstock. Campiglia tiene a su cargo la totalidad de las operaciones TEI y maneja esas fuerzas desde México. Al montonero capturado se le dijo que si cooperaba, viviría. Ese montonero sabía que no estaba en posición de negociar, por lo que proveyó la fecha y hora de la reunión en Río. La inteligencia militar argentina contactó a su colega de la inteligencia militar brasileña para capturar a los dos montoneros llegados de México. Los brasileños otorgaron el permiso y un equipo especial de argentinos voló bajo el comando operacional del teniente coronel Román (N. de la R: el alias de Stigliano) a Río en un C130 de la Fuerza Aérea Argentina. Ambos montoneros fueron capturados vivos y volvieron a la Argentina en el C130. Los argentinos, que no querían alertar a los montoneros que habían realizado una operación en Río, utilizaron una mujer y un hombre argentinos para registrarlos en un hotel con documentos falsos obtenidos de los dos montoneros capturados, para hacer creer que, tras alojarse, se marcharon. Estos dos montoneros están actualmente bajo custodia en la cárcel secreta del Ejército, en Campo de Mayo.”
EL LARGO BRAZO DE LA MUERTE.
Lo cierto es que Galtieri acudió a esa mazmorra para conocer a su enemigo en cautiverio. Campiglia sería ejecutado días después.
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Stigliano –como ya se dijo– exhaló su último suspiro al borde de la invalidez y ante la indiferencia de sus superiores.
La ratonera contra Horacio y Mónica fue en el marco de la denominada “Operación Murciélago”, que concluyó con la captura de otros 13 militantes regresados al país para iniciar un foco de resistencia armada contra la dictadura. Por este asunto, un grupo de militares –encabezados por el ex jefe del Ejército, Cristino Nicolaides– fue condenado en 2007. Galtieri no pudo ser de la partida, ya que la muerte lo eximió de ocupar el banquillo de los acusados.
   Por su parte, el desafortunado coronel Malhaes aportó la última pieza de este rompecabezas teñido de sangre. Un rompecabezas que, de modo tardío, a él también le costó la vida.  «
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