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Testimonios de Gastón y Manuel Gonçalves

Jueves, 24 de marzo de 2011

CUENTAN COMO ES ACUSAR A LOS REPRESORES

La historia de los Gastón y Manuel, así como el testimonio de otros músicos y periodistas de rock, serán el eje del especial Completo: Rock y Dictadura, que MuchMusic pondrá al aire hoy a las 22.
Imagen: Cecilia Salas

Impune en mente

Los hermanos Gonçalves llevan más de seis meses asistiendo al juicio oral que dejará presos de por vida a Luis Patti y a Reynaldo Bignone por el asesinato del padre y apropiación de hijos de desaparecidos. Gastón –el bajista de Los Pericos– y Manuel, su hermano –que recuperó su identidad hace 16 años–, están a tres semanas de hacer justicia.

> Por Lucas Kuperman y Luis Paz

Gastón Gonçalves es conocido como bajista de Los Pericos, pero hace quince años su historia familiar conmovió no sólo al rock sino a toda la sociedad: Gastón es hijo de un militante que fue detenido-desaparecido y asesinado. Y tiene un hermano, ahora llamado Manuel, que durante 19 años fue Claudio Novoa, un joven también hijo de Gastón Gonçalves padre, cuya madre (distinta a la del músico) fue brutalmente asesinada en Rosario; y que recuperó su identidad en 1996, por el trabajo de la familia y las Abuelas de Plaza de Mayo. La historia es bastante conocida. Lo novedoso es que Gastón Gonçalves está a tres semanas de ser el primer rockero argentino en lograr en Tribunales que los responsables de la última dictadura paguen por la apropiación de hijos de desaparecidos. Gastón y Manuel son querellantes en el juicio a cinco miembros de las fuerzas del Estado por el secuestro y desaparición de cinco militantes –entre ellos su padre–, que terminará el 14 de abril. “La verdad es que es espantoso tener a los tipos ahí, a unos metros. Pero, a la vez, es muy importante que estén. Podrían tener por lo menos una pizca de reivindicación ‘religiosa’, como una redención, al contar dónde están los cuerpos de los que siguen desaparecidos. Pero no: se cagan en la patria y en la cruz”, se desahogaba Gastón frente al NO, al terminar los alegatos de las defensas de quienes son juzgados por el Tribunal Oral Federal Nº 1 de San Martín: el ex policía e intendente de Escobar, Luis Patti, el dictador Reynaldo Bignone, el ex comandante Santiago Omar Riveros, el ex comisario Juan Fernando Meneghini y el ex oficial de Inteligencia del Ejército, Martín Rodríguez.

Los tribunales de Comodoro Py, San Martín, La Plata y otros en los que se llevan a cabo estos juicios, son edificios grandes y lúgubres; que sólo dejan de asustar una vez interiorizado con las historias allí contadas. Entrar al edificio, buscar la sala, conseguir la acreditación correspondiente y esperar la entrada de los jueces, se lleva en una tensa calma, que culmina cuando la policía hace ingresar a los esposados. Es entonces cuando las víctimas y los victimarios se reúnen en el mismo recinto, excepto cuando reina la cobardía de los torturadores y no se hacen presentes para relatar esas historias salidas de cuentos de terror.

La extraña postal se completa con decenas de rockeros, punks, rastas o amigos de Gastón o Manuel, que se acercan para apoyar la causa. Gente del palo que se entromete en la burocracia judicial para pedir justicia, que se ata las rastas, se baja la cresta, se achata el jopo y entra, enfrenta con su mirada a dictadores, represores, violadores, secuestradores, asesinos y ladrones. Que en lugar de canciones escuchan testimonios sobre agresiones físicas y psíquicas, incluso una historia sobre un baño en un aguantadero en el que un libro de Leopoldo Marechal funcionaba como papel higiénico.

Y los tipos malos están enfrente: sentados, sonriendo de vez en cuando, comentando cosas entre ellos, mirando a través de un blindex a quienes presencian las audiencias y, con la prepotencia que siempre los caracterizó, intentan seguir atemorizando. Durante el juicio, que duró más de seis meses, hubo unos 70 testigos. “Tuvimos algunos amenazados, en situaciones de mucha desprotección. Para ellos también es difícil, algunos fueron secuestrados o estuvieron en casas donde levantaron a alguien. Pero con lo fuerte que es para ellos y nosotros revivir lo peor que nos pasó en la vida, podemos decir la verdad frente a ellos antes de que se mueran.”

–El juicio terminará en tres semanas. ¿Cómo fue atravesarlo?

Gastón: –Difícil. No es nada simpático, por supuesto. Es imposible que no vayan en cana, pero con sus argumentos tratan de que les bajen un poco las penas. Las acusaciones son muy serias y muy claras: hay una cantidad de testimonios y de hechos indiscutibles, así que empiezan con la idea de la invasión marxista o tratan de descalificarte. Han dicho que Manuel no es hijo de quien dice serlo; y que nuestro papá está escondido por ahí. Llegan a ser provocadores: hay cantidad de pruebas, pero tenés a estos tipos enfrente que dicen que no saben si tu papá está muerto.

Manuel: –Ponen en duda que nuestro papá haya sido secuestrado, que haya sido visto donde fue visto, que su cuerpo sea el que se encontró en el ‘96, mi edad. No se defienden jurídicamente, defienden su ideología. No negamos la militancia de las víctimas, ni cuál era su participación política, ni qué buscaban, porque no es lo que está en juicio. Eso los irritó y alegaron que reivindicábamos lo hecho por los militantes.

Los dinosaurios

Gastón recuerda un poema muy corto de Leonard Cohen, en el que el canadiense intenta retratar a un oficial nazi: “Ojos normales, manos normales, dientes normales. ¿Qué esperabas, que tengan garras?”. Más allá de la cuestión física, el NO se juntó con los Gonçalves para entender qué es lo que se ve cuando se enfrenta cara a cara a los tipos que secuestraron a tu viejo, lo castigaron, lo asesinaron y tienen, todavía, la inmunda actitud de hacerse los desentendidos. “Verlos hoy es ver a un abuelo, a un viejito que está por morir. Pero es el viejito que mató a tu viejo”, dice Gastón. Y Manuel, sentado a su lado en un bar de Villa Urquiza, explica: “Lo que te permite esa situación es plantear la verdad de los hechos en su cara. Te da mucha seguridad tener a dos metros a los responsables. Obviamente es una situación incómoda, nadie está preparado, pero trabajamos para que esto sea ventilado en un juicio”.

–¿Qué les parece que tengan un juicio justo y una detención legal?

Manuel: –Tienen todas las garantías para ejercer su legítima defensa, lo cual está bien, pero incluso les faltan el respeto a las leyes hoy, cuando amedrentan y amenazan testigos, además de usar todos los argumentos y las artimañas jurídicas que existen para retrasar. Los desaparecidos siguen desaparecidos, nuestro papá sufrió la dictadura desde el primer día del golpe; y sin embargo ellos hoy, después de más de tres décadas, no son capaces de decir dónde están los cuerpos, de contar que pasó.

–Cuando esto se publique, habrán pasado 35 años desde el secuestro de su padre y aún faltará para que se resuelva el juicio.

Manuel: –Sí, tuvieron 35 años de impunidad. Hubiésemos querido que esto sucediera hace por lo menos 20 años. Entendemos que luego de salir de la dictadura había que acomodar las instituciones. Pero a partir del Juicio a las Juntas debió pasar esto. Y sin embargo vivieron una vida con todos los beneficios que les dio la posición a la que habían accedido. Aun así, la Justicia tiene que llegar, aunque estén dos días presos y se mueran. Lo que tiene que quedar establecido es que fue un genocidio.

–Ahí es donde esto se convierte en algo muchísimo más amplio.

Manuel: –Pasa con más fuerza a ser un tema de la sociedad, sobre todo pensando en las futuras generaciones. Nuestros abuelos ya no están, no van a ver a la Justicia, se murieron viendo cómo estos tipos se mantenían en posiciones de privilegio, disfrutando de su vida en libertad. Pero las futuras generaciones tienen derecho a que les dejemos otra historia, a que arranquen sabiendo que eso que se hizo, se condenó en un juicio justo; y que cada uno pagó su parte, aunque haya sido tarde.

Gastón: –Estos tipos son viejos, pero están vivos. Y esto no pasó en otros lados: piensen que están tratando de abrir lo del franquismo, que ya no existe ninguno vivo, y no pueden. No estamos hablando de la batalla de San Lorenzo, que pudo haber sido tergiversada en todo este tiempo. No sabemos si Cabral le dijo a San Martín lo que se cuenta. Pero en esto podemos saber. Y si hay un juicio y una sentencia, queda para la historia. Para que, dentro de 200 años, la historia que se cuente sea la verdadera.

Nietos de desaparecidos

Manuel Gonçalves tiene 35 años, pero lleva ese nombre hace sólo 16. Hasta 1995 fue Claudio Novoa, un joven al que le gustaba el rock, fan de Los Pericos e hijo de padres adoptivos; que desconocía que su padre, el militante Gastón Gonçalves, había sido secuestrado el 24 de marzo de 1976; y que en noviembre de ese año, su madre y la familia que les había dado asilo en San Nicolás (Rosario) habían sido asesinados. Claudio se enteró de que era Manuel cuando una Abuela se acercó hasta él para contarle su verdadera historia: tenía un hermano mayor. “Es músico –le contaron las Abuelas–. Toca en Los Pericos.” El las llevó hasta su habitación, frente a un poster de la banda, y les pidió que le señalaran cuál era. “¿Cómo sobreviví?”, fue su segunda pregunta. Su madre, segunda compañera afectiva de Gonçalves padre, lo había envuelto en una frazada y escondido en un ropero antes de que reventaran la casa donde paraban. Allí fue encontrado y luego trasladado a un orfanato, donde fue adoptado de buena fe.

–Esos 35 años implican que hay muchos hijos de desaparecidos que ya son padres. Y que hay nietos de desaparecidos de tres, ocho, diez o quince años. Vos, Manuel, tenés una hija de diez que supo su verdadera identidad a los cinco. ¿Cómo fue esto para ella?

Manuel: –Hasta los cinco, fue Martina Novoa. Cuando me dieron los documentos, también hubo que cambiar los de ella, y pasó a ser Martina Gonçalves. Tenía cinco años y tuvo que aprender a escribir otro apellido. Ella tenía dudas porque yo era Claudio y pasaba a ser Manuel, entonces me preguntó: “¿Yo no me voy a llamar más Martina?”. Ella pasó a tener otro apellido, un papá que se llamaba distinto, un tío, tres primos. Gastón ya tenía a mis tres sobrinos. Cuando la más grande me conoció, vino corriendo, me abrazó y me dijo: “Hola tío”. Yo era un pibe, tenía 19 años.

–Con 19 años estabas dejando atrás la adolescencia, de algún modo tenías tu identidad armada, tus gustos, tus costumbres. ¿Cómo te cayó eso?

Manuel: –Fue una situación incómoda, porque te preguntás cuánto tiene de valor lo que construiste hasta entonces, qué hacés con tus 19 años, en los que ya sos “alguien”, tenés amigos, estudiás algo, trabajás de algo. Yo pensaba que me habían abandonado y no sólo no era así sino que me estaban buscando; y además estaba vivo gracias a que mi mamá me había salvado. Todas esas cosas las tenés que reacomodar. Yo tenía una sensación que nunca pude explicar, a la que pude encontrarle una respuesta al saber. Sentía que había algo más. Es un sentimiento muy común en otros nietos.

–Si te mirás en una foto a tus catorce años, ¿qué ves?

Manuel: –Me cuesta mirar fotos de cuando era Claudio. Veo la foto y hay otra persona. Lo que menos te llama la atención es el tema físico. Uno mira una foto de sus quince y tal vez se espanta por el corte de pelo. Lo que veo yo es una persona frenada, que se quedó ahí. Desde el momento en que sabés, no podés ser igual: no hay manera de ser igual. Entre los 7 y los 10 años tuve problemas de anginas. Me provocaban mucha fiebre, y me daban mucha penicilina. El cuerpo de un nene no soporta fiebres tan altas, así que deliraba y veía claramente, pero en la casa en la que vivía en ese momento, a soldados haciendo mierda todo.

–Gastón, vos tuviste 14 en el ‘83. ¿Cómo entraste a la democracia?

Gastón: –Te dabas cuenta de que era un gobierno con todas las intenciones, pero en una situación muy difícil. En ese punto, hay que tenerle respeto a Alfonsín: puso en el estrado a asesinos en situación de poder. Hoy, las condiciones son distintas, pero ahí la dictadura todavía condicionaba al gobierno, al punto de que cayó Alfonsín y se los indultó.

–Ya juntos, en 2003 compartieron el momento de la anulación de las leyes de obediencia debida y de punto final. ¿Qué sintieron?

Manuel: –Fue una sorpresa para todos, porque lo hizo un tipo al que ni hubo que pedírselo. Si Néstor Kirchner, como presidente, no hubiese tenido la decisión de impulsar eso y los juicios, no hubiésemos podido. Ningún otro gobierno lo hizo, y es una pena por todo el tiempo que se perdió. Desde la asunción de Kirchner, muchos reclamos que teníamos los familiares y los organismos empezaron a suceder. Hay muchas cosas que no se han hecho o logrado, pero seguiremos reclamando por ellas. Creo que lo mejor que puede pasarle a un gobierno es que sigamos marcándole lo que falta.

–Este 24 de marzo, ¿qué piensan que deberíamos preguntarnos?

Manuel: –Hay una parte grande de la población que siente que es algo que le pasó a otro y que lo hicieron otros, que no entró en ningún grupo. Hay un mea culpa grande que no se hizo. Por ahí es imposible, porque lograr un mea culpa colectivo es muy difícil. Pero en parte la gente no hace el ejercicio de analizar qué hizo para permitir que eso ocurriera o para callárselo. Esa pasividad permitió que muchas cosas sucedieran.

–¿Qué sienten al oír a alguien decir “cortémosla con la dictadura”?

Gastón: –A veces te cruzás con gente que lo dice. ¿Qué quieren? ¿Que me olvide de que mataron a mi papá? Lanata ha dicho que tiene las pelotas llenas de que hablen de la dictadura. Que me disculpe, pero que le revienten las pelotas: que piense en todos nosotros. Es como que yo te diga que tengo las pelotas llenas de que vos me hables de que perdiste a tu viejo. ¿No tenés corazón? Si decís eso, sos un hijo de puta.

FUENTE: Página12

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